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Aunque algunos individuos parezcan ser prueba de lo contrario, los humanos son inteligentes; incluso más inteligentes de lo que inicialmente necesitaban ser para sobrevivir. Una parte del desarrollo de la inteligencia humana puede explicarse por la selección natural, que favoreció adaptaciones que ayudaron a nuestra especie a vivir y reproducirse en ambientes difíciles, como la de desarrollar la habilidad de socializar, que permitió a nuestros ancestros formar comunidades y cazar en grupo.

Pero una cosa es aprender a convivir en grupo y otra tener la capacidad de descifrar las leyes de la naturaleza, crear una obra maestra o de llegar a la Luna.

En el curso de la historia de la vida en el planeta existieron otras especies, por ejemplo los dinosaurios, que enfrentaron desafíos similares en cuanto a sobrevivir en ambientes hostiles, y contaron con mucho más tiempo para desarrollar una inteligencia abstracta, similar a la humana y, sin embargo, no lo hicieron. Durante los últimos 140 años muchos teóricos han intentado, sin éxito, responder a esa paradoja, e identificar cuál fue para los humanos el “valor de supervivencia” de poseer una inteligencia tan compleja, más allá del mero azar.

Entre las ideas que se han propuesto está una hipótesis de Matt Ridley y Geoffrey Miller, que sugiere que tanto el incremento del tamaño del cerebro humano, como sus atributos, podrían explicarse cuando menos inicialmente con el modelo de selección sexual runaway (“proceso desbocado”) desarrollado por el biólogo evolutivo británico Ronald Fisher. Este es un mecanismo hipotético en el que uno de los sexos de una especie, generalmente las hembras, “prefiere” reproducirse con parejas que ostentan determinados caracteres sexuales secundarios. De acuerdo con la hipótesis de Ridley y Miller, inicialmente surgió una preferencia por parejas más inteligentes, lo que desencadenó un proceso que se reforzó por retroalimentación positiva.

A pesar de que esta hipótesis podría explicar por qué no surgió una preferencia similar entre las otras especies de simios, ya que pudo ser arbitraria y azarosa, presenta un par de problemas; por ejemplo, la ausencia de diferencias sexuales en las capacidades mentales de los humanos, a las que suelen recurrir ambos sexos durante el cortejo.

No obstante, un estudio sobre las preferencias sexuales, realizado en 2012 por el psicólogo evolutivo David Buss, de la Universidad de Texas en Austin, con casi diez mil hombres y mujeres de 37 culturas del mundo, encontró que los dos rasgos más deseados en una pareja, para ambos sexos, fueron la amabilidad y la inteligencia, lo que implica la posible existencia de una fuerte selección sexual para dos de los rasgos que podrían distinguirnos de otros primates, y para los cuales ha resultado muy útil el gran tamaño de nuestro cerebro.

Más recientemente, Steven Piantadosi y Celeste Kidd, científicos cognitivos de la Universidad de Rochester, han propuesto que podría existir otra razón evolutiva para la cognición humana: la vulnerabilidad de los bebés. En sus palabras, “los bebés humanos nacen mucho más inmaduros que las crías de otras especies. Por ejemplo, las jirafas pueden levantarse, caminar e incluso huir de los depredadores unas cuantas horas después de su nacimiento”.

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Estos investigadores plantean que el desarrollo de la inteligencia está relacionado con el cuidado que demanda un recién nacido indefenso e inmaduro. Su hipótesis señala tres elementos que se interrelacionan y retroalimentan: a) los neonatos nacen inmaduros y necesitan, para sobrevivir, padres inteligentes; b) la inteligencia requiere un cerebro grande, y c) un bebé con un cerebro grande no puede nacer totalmente maduro.

La razón que argumentan para esto último es que parir un bebé que desarrollará un gran cerebro es problemático, pues implica hacer pasar una cabeza grande por el conducto del parto. Esto significa que los bebés tienen más probabilidades de nacer sin contratiempos antes de que su cabeza sea demasiado grande; es decir, cuando aún no han desarrollado totalmente su cerebro. Como resultado, los bebés humanos son más pequeños y frágiles, cuando menos en comparación con otras especies.

En un estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, Piantadosi y Kidd diseñaron un modelo que indicaba cómo este sistema evolutivo de retroalimentación positiva pudo haber llevado a la selección natural que dio como resultado humanos muy inteligentes (aunque a veces no lo parezcan). Los investigadores pusieron a prueba el modelo en otras especies de primates, para verificar si el nivel de vulnerabilidad de las crías podría predecir la inteligencia de los adultos en cada especie. Para ello emplearon un indicador común de inteligencia establecido por primatólogos, que equivale a una prueba de CI para primates no humanos.

Tras asociar la inteligencia de cada especie con el tiempo que sus crías dependen de la leche materna, los científicos encontraron una relación bastante clara. Así, observaron que el tiempo de lactancia materna resultaba un elemento que podía predecir la inteligencia de los primates mejor que otros indicadores observados, como el tamaño del cerebro o el tamaño corporal de las crías en relación con el de los adultos. Por ejemplo, advirtieron que el mono tití, que es listo, pero no demasiado brillante, amamanta a sus crías sólo unos cuantos meses. Por el contrario, los chimpancés, mucho más arriba en la escala de inteligencia, dependen del cuidado materno durante casi cuatro años.

En otras palabras, el periodo común de lactancia de cada especie podía explicar 70 por ciento de las variaciones en la inteligencia de los primates.

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Aunque el estudio se realizó en primates no humanos, Piantadosi y Kidd argumentan que el caso humano valida esta correlación. Mientras que un bonobo bebé puede asirse de su madre en cuanto nace, los infantes humanos no pueden asirse, mucho menos caminar, y tardan un poco más en sostener la cabeza. Y aunque en la actualidad los humanos suelen ser destetados relativamente jóvenes, continúan dependiendo de sus padres durante mucho más tiempo que otras crías.

Así, de acuerdo con esta hipótesis, el reforzamiento positivo se produjo cuando la necesidad de inteligencia paterna/materna para la supervivencia de las crías se convirtió en una presión de selección sexual para aparearse con parejas que tenían cerebros más grandes (que eran más inteligentes), lo que a su vez reforzó el nacimiento de crías más inmaduras, exigiendo un cerebro mayor de los padres para que pudieran hacerse cargo de ellas.

En consecuencia, debido al tamaño del cerebro humano, los bebés nacen antes de desarrollar completamente su cerebro, para que el tamaño de su cabeza no exceda el diámetro de la salida pélvica, asegurando un parto relativamente seguro, a cambio de un estado de indefensión que dura bastante más que en otros primates. Una presión selectiva que produjo un “proceso desbocado” (al estilo de Fisher, Ridley y Miller), en las especies humanas (además de los homo sapiens, probablemente también en neandertales y denisovanos), y que dio como resultado habilidades cognitivas cualitativamente diferentes a las de otros animales.

Por qué no sucedió algo similar en otras especies, digamos algunos insectos, que viven en complejos grupos sociales y han tenido cerca de 400 millones de años para desarrollar su inteligencia. Los investigadores argumentan que una pieza central de este rompecabezas es el nacimiento vivíparo, generalmente de una sola cría. A diferencia de los humanos (y de los demás primates), las crías de insectos se desarrollan en huevos, por lo que no enfrentan las mismas presiones selectivas.

Los autores señalan que su propuesta complementa las hipótesis anteriores que vinculan la inteligencia humana con el razonamiento social y las presiones reproductivas, y explica por qué la inteligencia humana pudo volverse tan distintiva, incluso comparada con la de nuestros parientes evolutivos más cercanos. Además, podría explicar también la llamada “teoría de la mente”, que es la capacidad de anticipar e interpretar las necesidades de los demás, y de reconocer que esas necesidades pueden ser distintas a las propias. Esta habilidad es especialmente conveniente cuando se cuida a un bebé que, prácticamente durante los dos primeros años de vida, no puede expresarse mediante el lenguaje hablado.

Si bien la hipótesis parece ofrecer un argumento circular, y no aclara específicamente por qué, en principio, surgió este rasgo entre los humanos (un poco como el “dilema de la gallina y el huevo”), si podría explicar por qué la inteligencia se desarrolló en una especie mamífera, concretamente de primates. Es posible que los dinosaurios, pese al tiempo que tuvieron y aunque pasaron por sus propias presiones ambientales, no desarrollaran una inteligencia similar a la humana porque sus crías maduraban completamente dentro de un huevo, y los papás y mamás dinosaurios no necesitaban ser muy inteligentes para atender a bebés que no nacían completamente indefensos.

Verónica Guerrero Mothelet (paradigmaXXI@yahoo.com)

 

Fuente:
Piantadosi ST, & Kidd C (2016). Extraordinary intelligence and the care of infants. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America PMID: 27217560

 

Información adicional:
How helpless babies helped make humans so smart

Why Humans Give Birth to Helpless Babies

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