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En el Valle de México existen zonas donde prácticamente podemos encontrar, en cada calle o “manzana” (bloque), una obra de construcción activa (de obras públicas, servicios privados, viviendas, desarrollos habitacionales y comerciales y rascacielos), que no se detuvieron incluso durante la reciente Fase 1 de contingencia ambiental, probablemente porque las autoridades minimizan la contribución de estas actividades en la generación de los contaminantes llamados “partículas suspendidas” (PM10 y PM2.5) y Ozono (O3). Esto podría ser un error…

Los años más calurosos registrados globalmente se han producido en las décadas recientes. De hecho, el pasado mes de febrero fue, en todo el planeta, el febrero más cálido registrado, con una temperatura promedio 1.35º Celsius mayor que la temperatura promedio para este mes entre 1951 y 1980, y medio grado Celsius más caluroso que el febrero más cálido anteriormente registrado, que ocurrió en 1998. Esto hace suponer a investigadores de la NASA, que 2016 podría establecer un nuevo récord como el año más caluroso registrado para el planeta.

Existen evidencias de deshielo en polos y glaciares, así como del aumento en los niveles de los mares, pruebas claras de un calentamiento global provocado por el actual cambio climático, que tiene una influencia directa de las actividades humanas.

Sabemos que las actividades humanas están cambiando la composición de la atmósfera terrestre, en la que interactúan gases y aerosoles de diversos elementos y compuestos químicos. Una de estas actividades, pero no la única, es la combustión, o quema de combustibles fósiles, fuente principal de los gases de efecto invernadero como el bióxido de carbono, llamados así porque concentran el calor de la superficie terrestre, e impiden que gran parte de éste escape hacia el espacio, elevando la temperatura. Además del bióxido de carbono, otros gases de efecto invernadero son el metano, generado principalmente por los animales criados en la industria ganadera, y algunos óxidos de nitrógeno (NO y NO2), que son precursores de la lluvia ácida y del ozono superficial.

En la estratosfera, la “capa” de ozono, una molécula formada por tres átomos de oxígeno, nos protege al filtrar la peligrosa radiación ultravioleta del Sol. No obstante, en la superficie de la Tierra, donde está el aire que respiramos, no sólo contribuye a su calentamiento, sino que también provoca daños en la salud humana, cuando está presente en una concentración mayor de 150 microgramos por metro cúbico de aire.

El problema es que, al aumentar la temperatura, las reacciones químicas de los contaminantes elevan los niveles de ozono en el aire que respiramos, constituyendo parte de lo que se conoce como “smog” (de las palabras inglesas para “niebla” y “humo”), lo que provoca un círculo vicioso muy perjudicial, pues puede dar como resultado problemas de asma, inflamación pulmonar y otros padecimientos respiratorios y cardiovasculares.

Pero existe otro factor que ha contribuido a la aceleración del cambio climático: la contaminación por partículas suspendidas, que puede describirse como una “revoltura de mezclas”, que proviene de diversas fuentes, como el polvo, el polen, la quema de madera, carbón, diesel y de otros combustibles fósiles (incluyendo emanaciones de los escapes de los automóviles), y también por la construcción de obras, ya sean obras públicas, edificios nuevos, remodelaciones, o demoliciones.

La contaminación de estas partículas suspendidas afecta la actividad de las nubes, influyendo de esta forma en el calentamiento global. De nuevo, el aumento de temperatura, principalmente en ausencia de viento, hace que las partículas suspendidas permanezcan en mayor cantidad y durante más tiempo en el aire, lo que genera otro círculo vicioso. Esta contaminación por partículas también afecta gravemente la salud de las vías respiratorias y puede provocar problemas cardiovasculares y, en casos específicos, incluso cáncer.

La ciudad de México, como otras ciudades del hemisferio norte, se ha visto afectada últimamente por una mala combinación de exceso de emisiones, aumento de la temperatura y una virtual ausencia de viento, produciendo un incremento peligroso de partículas suspendidas y ozono. Hasta ahora, las medidas de mitigación (criticadas como insuficientes por varios investigadores, lo que admitieron los mismos expertos) se concentran en la contaminación producida esencialmente por algunos motores de combustión (automóviles, vehículos de carga y motocicletas). Sin duda, éstos representan la fuente principal de emanaciones contaminantes; sin embargo, hasta ahora no se ha tomado en cuenta otra fuente que, al multiplicarse, puede tener un impacto igualmente considerable sobre la calidad del aire: las obras de construcción.

El Valle de México (formado por la Ciudad de México y varios municipios del Estado de México) es la zona más habitada del país, y una de las más pobladas a nivel mundial. La centralización política y económica, sumada a recientes políticas de gentrificación y densificación de algunas zonas (en una región que, en promedio, ya tiene el nivel más alto de densidad poblacional de la República), han fomentado la oferta y demanda de construcciones nuevas o remodelaciones, aumentando de manera impresionante la urbanización, las obras públicas, obras viales, desarrollos inmobiliarios comerciales y habitacionales, con un crecimiento desenfrenado tanto horizontal como vertical, con fuertes impactos y degradación del ambiente.

Las actividades de la industria de la construcción se consideran un factor de impulso para la economía y, al mismo tiempo, una especie de reflejo del desarrollo de una ciudad o país. Lamentablemente, cuando estas actividades se llevan a cabo sin una buena planificación, que incluya también los costos que a primera vista parecen intangibles o imperceptibles para la salud y el bienestar humano, el crecimiento se vuelve caótico, y tiene repercusiones “imprevistas” (porque no fueron calculadas cabalmente), que aparecen más temprano que tarde, como los consabidos gusanos en el cadáver.

Aun así, generalmente las investigaciones que se realizan antes de calcular el impacto ambiental que tendrá un proyecto inmobiliario (cuando se hacen) se concentran en los materiales empleados y el uso que se dará a la edificación, pasando por alto los perjuicios para la salud humana y del ambiente que provoca una fase importante de cualquier obra: la fase de construcción o “levantamiento”. Esto resta importancia al impacto ambiental de las actividades de construcción, que representan un factor de consideración. Por ejemplo, en China, antes y durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 2008, se realizaron fuertes restricciones a los proyectos de construcción, en un esfuerzo para mejorar la calidad del aire y, a partir del año pasado, la ciudad de Beijing estableció una tarifa tributaria a la contaminación con polvo procedente de las construcciones. De manera similar, en India, el periódico The Indian Express publicó en 2015 un reportaje de investigación que identificó las construcciones no registradas como uno de los principales factores que han vuelto tóxico el aire de (Nueva) Delhi en los últimos siete años, lo que llevó a un tribunal a ordenar la clausura de varias construcciones declarando que “el derecho constitucional a la vida, a un ambiente limpio y decente, debe tomar precedencia sobre el derecho de un individuo a realizar una actividad comercial”.

contaminación china

Sin detenernos mucho en la agresión auditiva, o en la contaminación y desperdicio del agua durante una construcción, que de acuerdo con la Oficina Ambiental del Reino Unido (UK Environment Agency) incluye derrames de diesel y aceite, de pinturas, solventes y otras sustancias químicas, así como de residuos y polvo de cemento y concreto, del sitio de la obra, otras actividades de construcción que contribuyen con la contaminación del aire son la limpieza del terreno, el uso de motores diesel, las obras de demolición de edificaciones anteriores, las actividades de soldadura, corte de bloques de concreto y la aplicación de materiales tóxicos (y en México, el “colado”, o la preparación del mortero de cemento, agregándole agua y arena, una actividad que en otros países se prohíbe realizar en el lugar de la obra). Todas las obras de construcción generan, además, elevados niveles de polvo, a partir del concreto, cemento, madera, piedra y silicatos, que es transportado a lo largo de grandes distancias durante mucho tiempo. El polvo de las obras de construcción se clasifica básicamente como partículas en suspensión de 10 micrómetros (micras), o menos (una micra es la milésima parte de un milímetro), conocidas también como PM10, e invisibles a simple vista.

Otra fuente importante de PM10 en las obras de construcción (principalmente edificaciones de gran altura, que requieren una profunda cimentación) son los escapes de los vehículos y maquinaria pesada que utilizan diesel, y se conocen como partículas de diesel (DPM), formadas por hollín, sulfatos y silicatos, los cuales se combinan fácilmente con otras toxinas de la atmósfera, aumentando los riesgos para la salud por la inhalación de partículas suspendidas.

El diesel también es responsable de emisiones de monóxido de carbono, hidrocarburos, óxidos de nitrógeno (precursores del ozono superficial) y bióxido de carbono. A esta contaminación del aire ambiental se suman los vapores nocivos de aceites, pegamentos, thinner, pinturas, madera tratada, plásticos, limpiadores y otras sustancias químicas peligrosas, muy utilizadas en las obras de construcción.

Un análisis dirigido por Melissa M. Bilec, del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental de la Universidad de Pittsburgh, publicado en el Journal of Infrastructure Systems en 2010, modificó un programa de cómputo; una herramienta metodológica llamada “evaluación del ciclo de vida”, que analiza y evalúa todos los impactos ambientales de un proceso o producto. Aunque tomó en cuenta todas las fases de la vida de un edificio comercial típico de seis pisos, desde su planificación hasta su descarte o reconversión final, esta investigación se concentró en la fase de construcción, para averiguar cuál era su impacto ambiental, en términos de la generación de partículas suspendidas, óxidos de azufre, óxidos de nitrógeno, óxidos de carbono, plomo y compuestos orgánicos volátiles, así como en el uso de energía y la producción de residuos sólidos y líquidos.

El estudio incluyó elementos que van de la transportación de los materiales de construcción, las actividades propiamente dichas en el lugar de la obra (incluyendo la fabricación de algunos materiales in situ), hasta el transporte de los trabajadores, y la generación de polvo disperso. Este último punto es muy interesante, ya que toma en cuenta el polvo producido por el transporte de materiales en caminos pavimentados (o no pavimentados), la generación de polvo durante operaciones de construcción o de fabricación de materiales en la obra, y las emisiones generadas durante la aplicación de pinturas y selladores y de los trabajos de soldadura.

Los niveles obtenidos con el modelo se compararon con los que se producen durante otras etapas del ciclo de vida de un edificio promedio, para determinar el posible impacto ambiental de la fase de construcción, en relación con las demás fases. Los resultados de este caso de estudio indicaron que los efectos sobre el ambiente ocurridos durante la fase de construcción son tan importantes, en términos de impacto ambiental, que deberían tomarse en cuenta junto con las otras etapas del ciclo de vida de un edificio. En esta comparación, la producción de partículas suspendidas PM10 tuvo un nivel relativamente más elevado durante la fase de construcción, por causa de las actividades de remoción del terreno, transportación y manejo de materiales .

Es tan significativo el daño producido por las partículas suspendidas, ya sean PM10 o PM2.5 (aquellas de 2.5 micras o menos), generadas durante los trabajos de construcción, que algunas ciudades de otros países (como Estados Unidos o Inglaterra) las calculan como parte del pronóstico de las emisiones que serán generadas por las obras de construcción dentro de sus “guías” de calidad del aire. Por ejemplo, el condado de Sacramento, en California, establece que “en algunos casos, las emisiones de la construcción representan el mayor impacto para la calidad del aire asociado con un proyecto. Aunque la generación de emisiones relacionadas con la construcción tenga una naturaleza temporal, estas emisiones contribuyen al inventario del Condado de Sacramento. Bajo ciertas condiciones, el aumento de carga contaminante puede exceder los Estándares de Calidad del Aire Ambiental Nacional y de California, y/o exponer a los receptores cercanos a elevadas concentraciones de contaminantes”.

Por ello, en Sacramento, los proyectos que no consiguen mitigar la generación de estas partículas, o que están ubicados cerca de receptores sensibles (como hospitales o guarderías), además de las prácticas estándar requeridas para controlar emisiones, deben llevar a cabo prácticas de mitigación más estrictas. Si aun así superan el límite permitido, deben pagar al condado una “tarifa de mitigación”.

De manera similar, la guía del Instituto de Administración de la Calidad del Aire (Institute of Air Quality Management) en Londres señala: “Además de los requisitos legales de salud y seguridad, otros reglamentos ahora exigen a las autoridades locales que trabajen para alcanzar los objetivos nacionales de calidad del aire y, por lo tanto, los operarios de obras de construcción tendrán que demostrar que tanto la emisión de polvo como de partículas finas del lugar de la obra están controlados adecuadamente y dentro de los límites aceptables” (en este caso, menos de 250 microgramos –la millonésima parte de un gramo– por metro cúbico en 15 minutos).

La Organización Mundial de la Salud, en su “Lineamiento para la calidad del aire 2005”, reconoce el riesgo que representa la contaminación por partículas suspendidas para la salud humana, y establece, para las partículas PM10, los límites máximos de 50 μg/m³ (microgramos por metro cúbico) promedio en 24 horas y de 20 μg/m³ promedio anual, y para las PM2.5, de 25 μg/m³ como promedio en 24 horas y de 10 μg/m³ como promedio anual.

Igualmente, de acuerdo con los estándares para la calidad ambiental de la Unión Europea, modificados en 2015, los máximos permitidos para la concentración de partículas PM10 son de 50 μg/m³ en 24 horas (sin exceder 35 ocurrencias al año) y de 40 μg/m³ promedio en el año. Para las PM2.5, el límite es de 25 μg/m³ promedio en el año.

En México, la Norma Oficial Mexicana NOM-025-SSA1-2014 de Salud Ambiental establece, como valores límite permisibles para la concentración de las partículas suspendidas PM10, 75 µg/m³ promedio en 24 horas y 40 µg/m³, como promedio anual, y para las PM2.5, un máximo de 45 µg/m³, como promedio de 24 horas, y de 12 µg/m³, como promedio anual. No obstante, actualmente diversas zonas del Valle de México superan esos límites durante varias horas al día, alcanzando más de 100 µg/m³ de PM10. En consecuencia, durante 78 de los primeros 98 días transcurridos de 2016, el promedio de PM10 rebasó el límite considerado seguro para la salud, con picos que exceden los 100 µg/m³.

En este país, el material básico para la construcción de viviendas es el cemento. El cemento seco está formado por un polvo sólido cuyas partículas tienen un tamaño que varía de 30 a 5 micras (lo que puede clasificarlo como PM10). De acuerdo con manuales de uso de este producto, seco o húmedo puede provocar daños graves e irreversibles en ojos, así como irritaciones peligrosas en el sistema respiratorio y la piel.

Asimismo, estudios realizados por investigadores como Baby Sunisha, de la Escuela de Biología Ambiental de Awadhesh Pratap Singh University Rewa, en India, han encontrado que el polvo del cemento puede contener metales pesados como níquel, cobalto, plomo y cromo, contaminantes peligrosos para el ambiente biótico, con impacto adverso para la salud vegetal, animal, humana y los ecosistemas.

Cemento horizontal

La contaminación del aire y el calentamiento global están estrecha y complejamente interrelacionados, y ambos ponen en riesgo la salud humana. Los aumentos en ozono y partículas suspendidas, además de ser nocivos, elevan las temperaturas globales; a su vez, el aumento en la temperatura provoca que los contaminantes permanezcan durante más tiempo en el aire que respiramos. Es urgente tomar medidas que reduzcan la contaminación ambiental, para evitar problemas de salud y el daño ambiental.

El Programa de Naciones Unidas para el Ambiente (PNUMA), en su  guía Buildings and Climate Change Summary for Decision-Makers 2009, advierte que “El sector de la construcción contribuye hasta con el 30 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y consume hasta 40 por ciento de toda la energía (…) si no se hace algo al respecto, las emisiones de gases de efecto invernadero (provenientes) de las edificaciones se duplicarán con creces durante los siguientes 20 años”. Este organismo señala que si los responsables de las decisiones están comprometidos con el cumplimiento de los objetivos para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, deben hacerse cargo también de las emisiones generadas por el sector de la construcción. Y agrega, “la mitigación de las emisiones de gases de efecto invernadero que surgen a partir de la construcción debe ser la piedra angular de toda estrategia nacional contra el cambio climático”.

Reducir el uso de automóviles (y mejorar el transporte público) efectivamente disminuiría la contaminación local, desacelerando el proceso del calentamiento global. Con todo, reglamentar, controlar, mitigar, y si es necesario limitar otras actividades altamente contaminantes, como la de la construcción, principalmente en épocas en las que el estado del tiempo favorece la concentración de contaminantes como partículas PM10, PM2.5  y ozono, también influirá favorablemente en la calidad del aire y en la salud de los habitantes del Valle de México… Pero esto requiere la voluntad y el trabajo no sólo de cada individuo, sino también de sus gobernantes.

Verónica Guerrero Mothelet (paradigmaXXI@yahoo.com)

Fuente:
Bilec, M., Ries, R., & Matthews, H. (2010). Life-Cycle Assessment Modeling of Construction Processes for Buildings Journal of Infrastructure Systems, 16 (3), 199-205 DOI: 10.1061/(ASCE)IS.1943-555X.0000022

 

Información adicional:
University Corporation for Atmospheric Research (UCAR)

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